Palabras tristes, sin sentido a tus ojos, de vez en cuando a los míos. Inexplicables explicaciones, contradicciones que se intentan manifestar dejando mudos a quienes las escuchan en aquella inagotable conversación, gotera de sin razones, interminable al punto de transformarse en costumbre. Costumbre que acostumbro a no guardar, para que entonces no se convierta en vicio, en pecado, pero el pecado es placer, eso, no lo enseñan.
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